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    10 junio

    Mal, mal!

    Ya está, ya lo he hecho, ya me he saltado un día y puede que un día no sea nada, pero es, señores, si lo que se quiere es recuperar la constancia perdida.
     
    Creo que en algun momento la escritura fue el vivir otra vez lo que ya había vivido. De hecho creo que fue siempre. Pocas veces, más que en relatos cortos sin más nada que la propia gracia del escribirlo, de inventarte la historia y ponerla en palabras, del esfuerzo relativo que supone el escribirlo no ya correctamente sino, además, de forma que te guste, pocas veces, decía, he escrito cosas que no he vivido. Todo lo que escribimos tiene origen en lo que sí que hemos vivido, o en la imaginación vívida de alguna cosa. Los pensamientos, la metaliteratura, la filosofía... ¿acaso no los vivimos? ¿Vivimos los pensamientos? ¿La razón? ¿La pasión? ¿Es sólo vivencia lo que hacemos o también lo que pensamos? Entonces, cuando inventamos, es pensamiento, ¿es vivencia? ¿Y lo que leemos?
     
    Ya, este razonamiento no lleva a ninguna parte: las dos cosas lógicas son contradictorias.
     
    Me gustaría reinventar mi escritura, o darle más matices, más formas, más ideas, que no fuera siempre (o mayoritáriamente) un reflejo claro de lo que he vivido, que se tuviera que escarbar un poco para encontrar el paralelismo con la realidad.
     
    El otro día, por ejemplo, en traducción, nos hicieron escribir otra versión de la Caperucita Roja. Ya, es cansino, siempre lo mismo y siempre diferente, todos le han (hemos) intentado encontrar diferentes matices a la historia, diferentes realidades, diferentes contextualizaciones, pero la historia es la misma. Caperucita o el Lobo son siempre los protagonistas, el Lobo puede ser metáfora de mil cosas, puede engañar a Caperucita o la puede convencer, persuadir. Y me sigue sonando a la misma vieja historia.
     
    ¿Y qué tendrá que ver el tocino con la velocidad? (Que si no comes tocino correrás más, seguramente). Pues yo intenté (en vano) alejarme de eso y le di a la Abuela un poco más de protagonismo. Era un fragmento de historia y por tanto tampoco es que le diera demasiada vida, pero creo que hubiera podido evolucionar bien. Quizás algun día acabe el relato.
     

    La abuela, vaya un personaje. Antes de la tragedia solía contarme cosas de cuando era joven. Recuerdo que siempre empezaba con la historia del coche, aquel precioso coche que sale tantas veces en el álbum. Ella fue la primera de su familia en tener coche, y conducirlo. “¡Y conducirlo! ¿Te puedes imaginar, en una sociedad tan machista como en aquella época, qué era una mujer al volante? Pero me tendrías que haber visto, con los vestidos que me hacía yo, siempre con menos tela de la que decían que necesitaría, tan elegante siempre... también le hacía los vestidos al abuelo, y a tu madre... de hecho, cuando eras pequeñita te hice una preciosa caperucita, toda roja, y cuando se te quedó pequeña me pediste otra, que se te rompió, y entonces otra. Luego ya creciste y, con la adolescencia ya no quisiste más...”. Siempre volvía a la caperucita. Yo recordaba lo cómoda que era y me entristecía cada vez que recordaba que la dejé de usar porque me daba vergüenza... Y ahora que quisiera tener otra, no me la puede hacer: después de la tragedia, cuando la devoró el lobo, salió viva, pero el ácido intestinal le había quemado la retina de los ojos, con lo cual había disminuido su visión, y había sufrido mordeduras importantes en tendones, con lo cual ya no podía coser como antes.

     

    Bueno, el final es un poco... brusco y sangriento. Es que vino la señorita y se puso a mirar a mi pantalla mientras yo, incómodamente, intentaba acabar sus deberes. Y encima me dijo que yo no hacía nada. Y me pilló la rabia y, si en un primer momento la abuela era mi tía abuela, en las últimas tres líneas es la vieja bruja tirolesa.

     

    Y eso, al menos he escrito por dos días, el de ayer y el de hoy, así q tampoco pasa tanto nada.

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